El Caribefunk, con agua de Yemayá
by on mayo 24, 2015 5:46 PM in Prensa

 

Esta música no suena en las emisoras.

Tal vez nunca suene, aunque lo mejor de ella es que a sus creadores les tiene sin cuidado si se pega o no se pega. Si suena en las estaciones radiales o se pudre en el cuarto de San Alejo.

Se hacen llamar El Caribefunk. Son colombianos, pero el grupo nació en Argentina hace tres años. Hasta allá llegaron buscando estudios universitarios, pero les ganó el gusanillo de la música.

Yamil, Andrés y Foncho son cartageneros. Junior es de Tuluá (Valle). Los cuatro necesitaron recorrer ese montón de kilómetros para finalmente percatarse de que lo que en realidad andaban buscando ya lo tenían consigo. Sólo faltaba encontrar otros sonidos en donde enganchar las sonoridades propias.

El cantante y compositor es Foncho. De su cabeza han salido canciones como Caribefunk, San Antonio, Encantador de serpientes, Mamando cable, Sonidos escondidos, Soledad, Juanita la chismosa, Antonima, Mamadera de gallo, Mañana por la mañana y Pensando en Fidel, once temas que son el cuerpo de la primera producción discográfica que aparece en la hoja de vida del grupo.

La segunda es El playaman, y está equipada con canciones como Aguacero, Cirilo, Camina María (Vamos pa´lante), Cadencias, La chamuyera, Música y Fastidiado de lo bien.

Hay que verlos tocar. Una guitarra y un bajo. Una caña africana, celesta, campanas, janblu, platillos. El espectáculo es Andrés: toca al mismo tiempo el cajón peruano, el bongó y un par de cheikers que se amarra a los pies y que lo obligan a bailar sentado, para que emitan el brillo que se riega desde el corazón de la banda hacia los oídos del planeta. Algo así como la esencia de ultramar abriéndose paso entre las cuerdas y las voces.

De alguna forma, estas canciones son una agenda de noticias que poco o nunca se emiten por los grandes medios: Mamando cable habla del desempleo; Cirilo cuenta las desventuras  de un niño víctima del matoneo escolar sólo porque su piel es diferente al resto de los que se creen de estirpe ariana; Antonima, describe de la dualidad de una mujer, que podría ser, al mismo tiempo, mil mujeres.

“Aquí está la confluencia del funk y la música tradicional del Caribe”, dicen los de Caribefunk para explicar que su trabajo tiene algo que ver con las propuestas de Lucho Bermúdez, pero también con un poco de Bob Marley, Rubén Blades, el compas haitiano, Haitian Choir, Diblo Dibala, Habana Abierta y Habana de Primera.

Podrían ser más influencias. Podrían ser las letras de genios y sabios como Raúl Gómez Jattin y Eduardo Galeano, pero también la gente que se quema las espaldas en los campos y en las calles castigadas por el concreto del discutible progreso.

Gente como esa echó mano del ingenio popular en las calles pobres y negras de Estados Unidos para unir el soul, el jazz y tal vez el mambo, en aras de crear algo que se llamaría funk, lo que sabe a pueblo, a sudor, a energía corporal.

Caribefunk tiene algo de eso. Y un poco más: lleva en su palmarés siete giras, pero al principio la única gira fue de sus aposentos residenciales a un modesto hostal de Buenos Aires. Primero hubo cinco personas observando. Después, eran diez. Otro día llegaron 20. Se duplica el número. Y a lo último, nadie cabía en el recinto.

Había que grabar para responderle a ese público que quería llevarse la música a la casa, a la oficina  o para tenerla como acompañante de viaje en la soledad refrigerada de las camionetas.

Había que grabar y concretar un disco compacto. Pero no para perder el tiempo oliéndole los gases a los “poderosos” programadores de emisoras que no saben ni cómo se toca una puerta. Había que grabar para rendir testimonio de una música independiente y de unas historias que saben a cascajo, a pavimento y a cielo. A una puñalada melancólica y tal vez alegre bajo y sobre el mar. Bajo la llovizna y en honor al musgo que sobrevive como puede.

Estas canciones cuentan historias que no todos conocen y que nunca merecerán grandes titulares.

Eso es lo que Caribefunk siempre recalca en sus giras de conciertos autofinanciadas. Como intuían que muy pocos (o tal vez ninguno) se interesaría por su música ni los vendría a buscar, decidieron organizar sus propias giras y sus propios conciertos.

Empezaron en Buenos Aires y la respuesta fue excelente, sobre todo de parte de los extranjeros que están mamando cable en el frío ajeno y añoran la canícula atroz que bordea los caribes del recuerdo. “Ellos son felices conque uno les lleve, así sea por un ratico, un pedazo de esa tierra que llevan en la memoria y en el corazón”.

Así piensan los de Caribefunk. Y de tanto pensar en eso ya acumularon siete giras por Perú, Estados Unidos, Ecuador, Argentina y Colombia. Son oriundos de todas partes y de ninguna. En cualquier sitio organizan conciertos y arreglan maletas para viajar entusiasmados hacia donde nadie los está esperando.

El público sale de improviso. Y los aplausos también. Al día siguiente, ese mismo monstruo de unas cuantas cabezas se transforma en millones de manos y ojos cibernavegantes  en busca de la isla arrebatada que trepida en los videos del conjunto.

En Cartagena hicieron dos. Antes de inventarse otra gira hacia la tierra del Tío Sam, estuvieron en Getsemaní convirtiendo en imágenes sus canciones, involucrando al carretillero preñado de frutas, al taxista, a los vendedores de libros, a las muchachas en bicicleta, a los pescadores en canoas.

Estuvieron en  San Diego cantando sobre plazas robadas, tomando café tuchinero o limonada con hielo. Invitando a Juanita la chismosa a que se cure con agua de Yemayá, sin sospechar (o haciéndose los gringos) que esa Juanita fue borrada hace años por los nuevos vecinos pudientes que todo lo pueden, menos devolverle la perdida alegría al barrio.

Una trinchera de cámaras y teléfonos de alta gama los rodeó en la Plaza Santo Domingo y en la Plaza de Bolívar, donde un perro callejero (al parecer, abandonado por su pandilla de desahuciados) se robó parte del concierto, oliendo zapatos, buscando un pan o cualquier cosa que todavía conservara el olor de la fraternidad.

Desde la azotea de un edificio de la Avenida Venezuela, Foncho planea los pormenores de un  nuevo video filmado en Cartagena.  Había que hacer otra cosa. Ya estuvieron en la zona histórica y hasta cantaron teniendo como fondo la huella amarillenta del orín sobre la muralla.

Como un encantador de serpientes, Foncho insiste, agitando las manos, en que “no tenemos deseos de estar pegados ni de competir con nadie. A este mundo vinimos a hacer música, y es eso lo que estamos haciendo”.
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